Por: *Alexander Africano
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Lo ocurrido entre comuneros de los pueblos Nasa y Misak en Silvia, Cauca, no puede leerse como una simple riña, ni como un hecho aislado, ni mucho menos como una disputa más por un predio. Lo que hoy enluta al Cauca es una tragedia profunda entre pueblos hermanos, entre comunidades históricamente victimizadas, entre pueblos que han resistido al despojo, al abandono estatal, al conflicto armado y a la indiferencia de un país que muchas veces solo mira los territorios indígenas cuando ya hay muertos sobre la tierra.
Los reportes más serios hablan de al menos siete (07) personas muertas entre estas una mujer, al menos 110 lesionados de los cuales 65 serían con arma de fuego aunque las cifras siguen en verificación. También se ha informado que la confrontación ocurre en el sector de La Ensillada, entre Guambía y Pitayó, en Silvia, en medio de una disputa territorial que distintas fuentes ubican alrededor de miles de hectáreas reclamadas por ambas comunidades como parte de su memoria, su derecho y su existencia colectiva. 
Pero reducir este dolor a una pelea por tierra sería quedarse en la superficie. Aquí hay una herida más antigua: la incapacidad del Estado para resolver con justicia, oportunidad y claridad los conflictos territoriales étnicos. Cuando las instituciones tardan años, cuando los actos administrativos no logran prevenir tensiones, cuando las comunidades sienten que sus derechos ancestrales se cruzan y ninguna autoridad logra armonizar esas reclamaciones, el territorio deja de ser casa común y se convierte en frontera de dolor.
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Este no es un conflicto nuevo. En 2018 ya se habían registrado enfrentamientos entre comunidades Nasa y Misak en Caldono, también por predios en disputa, con reportes de personas heridas y llamados al diálogo. Años después, la historia parece repetirse con mayor gravedad. Lo que antes dejó heridos, hoy deja muertos. Lo que antes era una alerta, hoy es una tragedia anunciada. 
Y aquí debe decirse algo con responsabilidad: no se puede estigmatizar a ningún pueblo. Ni el pueblo Nasa ni el pueblo Misak pueden ser presentados como enemigos de la paz. Ambos han sido víctimas. Ambos han defendido la vida. Ambos tienen autoridades, mayores, mujeres, jóvenes, guardias y sabedores que han sostenido procesos comunitarios en medio de la guerra. Precisamente por eso duele más. Porque no estamos ante enemigos históricos, sino ante pueblos hermanos atrapados en una disputa que el Estado, las organizaciones indígenas y las instancias de justicia propia deben ayudar a desescalar antes de que se vuelva irreversible.
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Esta institución deberá aclarar y verificar con mucho cuidado las tierras asignadas al pueblo Nasa recientemente más aún cuando el pueblo Misak hasta donde se sabe posee escrituras de sus territorios.
La prioridad inmediata es detener la violencia, atender a los heridos, recuperar los cuerpos con dignidad, proteger a mujeres, niños, mayores y autoridades, y evitar retaliaciones. Después vendrá lo más difícil: reconstruir la palabra. Porque cuando corre sangre entre pueblos indígenas, no basta con instalar una mesa. Hay que sanar la palabra, revisar los procedimientos, escuchar a los mayores, garantizar presencia neutral y abrir un camino donde la justicia propia y la institucionalidad nacional no compitan, sino se complementen.
También hay una lección política de fondo: la reforma agraria, la formalización de tierras y el reconocimiento de derechos étnicos no pueden hacerse como simples trámites de escritorio. Cada hectárea en territorios ancestrales tiene historia, tensiones, memoria y posibles conflictos cruzados. Si el Estado no anticipa esos riesgos, termina administrando expedientes mientras las comunidades ponen los muertos.
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Hoy el llamado debe ser uno solo: que se detenga la confrontación y que se imponga la sabiduría. Que hablen los mayores antes que los machetes. Que actúe la institucionalidad antes que el rumor. Que se escuche a las mujeres antes que la rabia. Que la Guardia Indígena vuelva a ser símbolo de protección de la vida y no testigo impotente de una tragedia entre hermanos.
Lo de Silvia no debe ser usado para dividir a los pueblos indígenas. Debe servir para exigir una salida seria, urgente y respetuosa. Porque cuando dos pueblos originarios se enfrentan, pierde la memoria, pierde la autonomía, pierde la paz territorial y pierde Colombia.
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*Consejero de Paz@@
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